Hace unos años, de vacaciones con los colegas en Torrevieja, comprendí que soy un pringao. Asumirlo fue uno de los momentos revelación de mi vida. Me di cuenta una noche en un local que no recuerdo, a las tantas de la mañana.
Tenía mi recién adquirida copa de qué-sé-yo con naranja en la mano, y tenía sed. Cuando se agota el fondo común que has hecho con los amigos porque una copa cuesta lo que un diamante, y encima a alguno de ellos se le ha ocurrido pillar y te ha convencido para pagar medio pollo, y empiezas a darte cuenta de que en el tercer día de unas vacaciones que duran siete ya te has gastado casi todo tu presupuesto, te da por medir los billetes de cinco (de mil, en aquella época) que te quedan en la cartera y saborear más despacio el alcohol.
Mi copa y yo estábamos apoyados en una columna y de entre la marabunta de gente en la pista de baile apareció un grupo de cinco chicas que tenían que pasar ante mí por el pasillo. Lo hicieron en fila y la primera de ellas, una castaña atractiva, arrebató de un tirón la copa llena de mi mano, dio un trago y me la devolvió. Sonreía feliz. Es el momento en que piensas: joder qué ambientazo. Qué confianzas aquí bebiendo de mi copa, la notas. Y encima está buena.
Pero siguió andando, seguida por sus amigas. La segunda de la fila también me quitó la copa de las manos y bebió de ella, mientras pasaban. Piensas: qué buen rollo el garito este y estas pavas. Sí, señor, están aquí de fiesta pasándoselo bien, las locas. Que beban y se emborrachen.
La tercera no fue menos que sus amigas, y empecé a mosquearme. Es el momento en que ves cómo desciende el nivel de líquido en la copa y que no estás recibiendo nada a cambio. Hice un amago de recuperar el vaso y la tercera se lo pasó directamente a la cuarta, ignorándome. Joder.
Es el momento en que te cabreas. Extendí el brazo y recuperé el vaso de un tirón. Le hice daño en los labios porque todavía estaba bebiendo, pero cansa el cachondeo: ésta ni siquiera me miró y siguió de largo mientras yo atesoraba de nuevo mi mermada copa en la mano.
A que se lo imaginan. La quinta y última alargó la mano hasta la copa y tiró de ella. Verán, señores, no soy corpulento pero si agarro algo con fuerza les aseguro que no me lo quitan. Durante unos segundos nos mantuvimos en liza en un pulso por la copa que sólo yo podía ganar. Y entonces me fijé en ella. Era feucha y sin gracia, vestida de noche pero nada atractiva; tenía los ojos bonitos y podía haber sido hasta mona con otro peinado, otra camisa y sin tristeza maquillada en la piel. Pero estaba amargada y me estaba mirando. Sus cuatro amigas habían podido beber de mi copa sin que yo se lo impidiera ni les dijera nada, y esta pobre chica estaba intentando exactamente lo mismo, pero de otra forma: me estaba suplicando con la mirada. Se encontraba entre la seriedad, la necesidad y el miedo. Y suplicaba sin palabras. Llegó un instante en que dejó de tirar del vaso y se alejó para seguir a sus amigas sin insistir más.
Y no lo pude evitar: le grité “¡OYE!”.
Se volvió, yo estiré el brazo y le ofrecí voluntariamente la copa.
Sonreía después de beber mientras me devolvía un vaso casi vacío y pringado de babas grupales ajenas, del que me deshice al ir a pedir otra copa contando los billetes de mil (de cinco, ahora), e insultándome a mí mismo por ser un pringao de los que hacen época. Buena gente, y pringao.
Pero ella logró beber de la copa. Verán, la lástima es un sentimiento poderoso. Bien usada, puede ser un arma plenamente ofensiva. En condiciones normales, con seres humanos reaccionando con corazón al otro lado -no, por ejemplo, cuando se trata de juegos donde no se pueden provocar ese tipo de emociones-, la pena fingida o real puede ser la mejor de las técnicas para lograr lo que se quiere.
Si no han gimoteado ante unos guardias civiles cuando le iban a poner la multa -tras un registro en que te han pillado algo, o en el coche- diciendo cosas como "madre mía, la que me va a caer en casa" (cuando jóvenes) o "esto va a acabar conmigo" o "no tengo casi dinero y esto me hunde la vida", etcétera, o si no le han llorado a un profesor en plena revisión de examen con excusas del tipo "es que esto me hunde, es fatal", "es que aprobar esto es muy importante", "es que no dormí bien", "es que su asignatura me importa mucho pero no pude...", "es que si no me aprueba me destroza la carrera", "es que necesito tal nota", haciendo morritos, y arañando así las décimas necesarias, es porque no han necesitado hacerlo o que no saben actuar. Funciona.
Es cutre y uno tiene que comerse su propio ego, pero es un arma fácil, sencilla y al alcance de todos: la lástima y la pena son una maniobra hábil. No siempre: a veces es sólo patetismo y debilidad. En la vida real, es un recurso util que puede usarse.
No funciona si aquellos a quienes apelas están esperando que lo hagas.
Tenía mi recién adquirida copa de qué-sé-yo con naranja en la mano, y tenía sed. Cuando se agota el fondo común que has hecho con los amigos porque una copa cuesta lo que un diamante, y encima a alguno de ellos se le ha ocurrido pillar y te ha convencido para pagar medio pollo, y empiezas a darte cuenta de que en el tercer día de unas vacaciones que duran siete ya te has gastado casi todo tu presupuesto, te da por medir los billetes de cinco (de mil, en aquella época) que te quedan en la cartera y saborear más despacio el alcohol.
Mi copa y yo estábamos apoyados en una columna y de entre la marabunta de gente en la pista de baile apareció un grupo de cinco chicas que tenían que pasar ante mí por el pasillo. Lo hicieron en fila y la primera de ellas, una castaña atractiva, arrebató de un tirón la copa llena de mi mano, dio un trago y me la devolvió. Sonreía feliz. Es el momento en que piensas: joder qué ambientazo. Qué confianzas aquí bebiendo de mi copa, la notas. Y encima está buena.
Pero siguió andando, seguida por sus amigas. La segunda de la fila también me quitó la copa de las manos y bebió de ella, mientras pasaban. Piensas: qué buen rollo el garito este y estas pavas. Sí, señor, están aquí de fiesta pasándoselo bien, las locas. Que beban y se emborrachen.
La tercera no fue menos que sus amigas, y empecé a mosquearme. Es el momento en que ves cómo desciende el nivel de líquido en la copa y que no estás recibiendo nada a cambio. Hice un amago de recuperar el vaso y la tercera se lo pasó directamente a la cuarta, ignorándome. Joder.
Es el momento en que te cabreas. Extendí el brazo y recuperé el vaso de un tirón. Le hice daño en los labios porque todavía estaba bebiendo, pero cansa el cachondeo: ésta ni siquiera me miró y siguió de largo mientras yo atesoraba de nuevo mi mermada copa en la mano.
A que se lo imaginan. La quinta y última alargó la mano hasta la copa y tiró de ella. Verán, señores, no soy corpulento pero si agarro algo con fuerza les aseguro que no me lo quitan. Durante unos segundos nos mantuvimos en liza en un pulso por la copa que sólo yo podía ganar. Y entonces me fijé en ella. Era feucha y sin gracia, vestida de noche pero nada atractiva; tenía los ojos bonitos y podía haber sido hasta mona con otro peinado, otra camisa y sin tristeza maquillada en la piel. Pero estaba amargada y me estaba mirando. Sus cuatro amigas habían podido beber de mi copa sin que yo se lo impidiera ni les dijera nada, y esta pobre chica estaba intentando exactamente lo mismo, pero de otra forma: me estaba suplicando con la mirada. Se encontraba entre la seriedad, la necesidad y el miedo. Y suplicaba sin palabras. Llegó un instante en que dejó de tirar del vaso y se alejó para seguir a sus amigas sin insistir más.
Y no lo pude evitar: le grité “¡OYE!”.
Se volvió, yo estiré el brazo y le ofrecí voluntariamente la copa.
Sonreía después de beber mientras me devolvía un vaso casi vacío y pringado de babas grupales ajenas, del que me deshice al ir a pedir otra copa contando los billetes de mil (de cinco, ahora), e insultándome a mí mismo por ser un pringao de los que hacen época. Buena gente, y pringao.
Pero ella logró beber de la copa. Verán, la lástima es un sentimiento poderoso. Bien usada, puede ser un arma plenamente ofensiva. En condiciones normales, con seres humanos reaccionando con corazón al otro lado -no, por ejemplo, cuando se trata de juegos donde no se pueden provocar ese tipo de emociones-, la pena fingida o real puede ser la mejor de las técnicas para lograr lo que se quiere.
Si no han gimoteado ante unos guardias civiles cuando le iban a poner la multa -tras un registro en que te han pillado algo, o en el coche- diciendo cosas como "madre mía, la que me va a caer en casa" (cuando jóvenes) o "esto va a acabar conmigo" o "no tengo casi dinero y esto me hunde la vida", etcétera, o si no le han llorado a un profesor en plena revisión de examen con excusas del tipo "es que esto me hunde, es fatal", "es que aprobar esto es muy importante", "es que no dormí bien", "es que su asignatura me importa mucho pero no pude...", "es que si no me aprueba me destroza la carrera", "es que necesito tal nota", haciendo morritos, y arañando así las décimas necesarias, es porque no han necesitado hacerlo o que no saben actuar. Funciona.
Es cutre y uno tiene que comerse su propio ego, pero es un arma fácil, sencilla y al alcance de todos: la lástima y la pena son una maniobra hábil. No siempre: a veces es sólo patetismo y debilidad. En la vida real, es un recurso util que puede usarse.
No funciona si aquellos a quienes apelas están esperando que lo hagas.
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